7 de diciembre de 2011

Capítulo 24

Estábamos sentados en las butacas del cine cuando el celular de Harry comenzó a vibrar.
- Harry – le susurré, el volteó a verme – tu celular está vibrando – lo saqué del bolsillo de la campera (que estaba usando yo porque tenía frío) y se lo entregué. El me medio sonrió y leyó el mensaje. Tiró su cabeza para atrás en señal de ¿vagancia, quizás? Y me hizo un gesto como para que me levantara. Yo lo miré extrañada  – ¿Qué pasa? – le pregunté en voz baja, y él me hizo un gesto como ‘después te explico’ y me tomó la mano para que me fuera con él. – ¿Vas a explicarme ahora? – le pregunté una vez fuera de la sala –
- Necesito que me hagas un favor – dijo algo nervioso –
- ¿Favor? ¿Qué clase de favor? ¿Puedes ser más claro? –
- Tenemos que asistir a una fiesta, va a haber productores importantes que pueden llegar a firmar contrato con nosotros y es muy importante que vayamos, pero tiene que ser ahora – me dijo, abrí mis ojos como plato y comencé a reír –
- No, no Judd, no. Te equivocaste, no pienso  ir a una fiesta, además no estoy vestida como para una, tengo que ir a casa y arreglarme y… – de repente sentí sus labios sobre mí –
- ¿Por favor? – rogó. Yo dude por unos segundos, es que enserio no quería ir –
- Esta bien pero... ¿y el beso por qué? – cuestioné. El lanzó una risita –
- Tenía que encontrar alguna forma de callarte –
- ¡Oye! – le grité, y le propiné un no tan dulce golpe en el brazo –
- Bueno, mira, haremos esto, te llevaré a tu casa, tú te cambias, te pones lo que quieras, y nos vamos rápido ¿Sí? – dijo y colocó una cara triunfante como si hubiera imaginado el mejor plan de todos los tiempos –
Accedí  y fuimos a casa. Entramos a mi cuarto y comencé con la búsqueda. Revisaba entre las cosas de mi placard y no encontraba nada más que chupines y remeras de skater.
- ¿Por qué soy tan masculina al vestir? – me quejé, y el rió –
- No lo sé, pero amo tu ropa – me dijo y yo reí –
- Já, te gusta porque me visto como hombre, ¿no ves? – Mientras rebuscaba encontré un vestido negro, algo clásico, no muy provocador – puedo ponerme esté – le dije  –
- O puedes ponerte éste  – me contestó levantando las cejas de arriba abajo, y sacó del armario de Liz un hermoso vestido rojo, algo corto (vestido)–
- ¡Ni lo pienses! – le dejé en claro – no voy a ir vestida así –
- Ok, yo simplemente voy a dejarlo aquí junto al otro – dejó el vestido en la cama y guiñándome un ojo se retiró del cuarto para que me cambiara –
Terminé de vestirme, colocarme los zapatos (estos) y salí de la habitación. Él me miró y sonrió. Yo no sabía dónde meterme.
- Lindo vestido – me dijo – me agrada el color – concluyó, y me tomó la mano rozando la tela colorada del vestido –
- No volverá a ocurrir, así que guarda esta imagen en la cabeza – musité con algo de enojo –
- Oh, entonces espera, lo archivaré – dijo, y me dio una vueltita examinándome – En serio, estas preciosa – me dio un beso en los labios y se quedó mirando mis ojos –
- ¿Qué? – le pregunté esquivando su mirada –
- Nada ¿No puedo darme cuenta de que tengo una novia no hermosa, si no perfecta? – yo reí –
- Vámonos, ya no quiero escucharte intentando seducirme como a una niña de secundaria –le contesté y se escandalizó y me acuso de ‘persona cruel’ yo solo reía y no podía contenerme –
Harry ni siquiera se había cambiado, solamente se había peinado un poco y ya estaba digno de revista. Mientras conducía me quedé observándolo. La manera en la que jugaba con su pelo, el movimiento de su nuez cuando tragaba, sus pestañas, sus ojos… sus ojos. Dios, sus ojos.
- ¿Qué? – preguntó el risueño –
 - Nada, no puedo…  – iba a imitar lo que él me dijo, pero me interrumpió –
- No, no puedes descubrir que tienes un novio no hermoso, si no perfecto – Ambos reimos. Vaya, en el poco tiempo que había pasado, ya me conocía bastante bien –
Llegamos al lugar y mis nervios se pusieron de punta. No sabía qué hacer, qué decir, cómo actuar. Estaba sola, perdida en un mar de gente en movimiento que hablaba de cosas en las cuales yo no estaba interesada. Lo único que hice fue comenzar a mirar, allí estaba Dougie con una bolsa en su mano. Harry me dijo que lo espere y se acercó a él. Su amigo le tendió la bolsa y él se retiró al baño. Aparentemente era un traje, ya que todos estaban muy elegantes.
- Vaya, vaya, vaya – dijo una voz bastante familiar – hubiera pagado por verte con ese vestido en nuestras épocas de noviazgo – No, no él. Dios, que no sea él, no quiero escucharlo esta noche. Me volteé a ver quién me hablaba y suspiré –
- ¿Danny, qué demonios quieres? – me puse aún más de mal humor cuando lo vi de traje y noté que era extremadamente sexy, endemoniadamente lindo. Tenía una camisa blanca y un pantalón negro, mostraba su sonrisa (esa que lleva siempre, que derrite cubitos de hielo) y estaba solo, sin acompañamiento – ¿Y Georgia? – pregunté yo al no recibir respuesta alguna a mi primera pregunta –
- ¿Te importa? – preguntó – te dije que la había dejado – se acercó a mí y me tomó por la cintura –
- Danny, basta – dijo yo entre dientes, él ni se mosqueó –
- Tranquila, bonita, ya te dejo. Solamente quería saber cómo era la tela del vestido – se excusó mientras bajaba sus manos por mis piernas, hasta rozar un poco de mi piel. Me estremecí ante su contacto y él rió – hay cosas que nunca cambian, muñeca – lanzó otra risita autosuficiente y se retiró –
Me quedé allí parada, con la mirada en la nada y una expresión facial frustrada. Acomodé mi vestido y sin querer rocé la zona que Danny había tocado. Volví a estremecerme. ¿Cómo era posible que tuviera semejante impacto en mí? Es decir, no debería sentir el corazón acelerado cada vez que lo tenía cerca y menos que menos debería sentir ganas de… besarlo cada vez que me tocaba. Debería odiarlo, repudiarlo, pero no, esa personalidad altanera que siempre tuvo me hacía caer más a sus pies.
- ¡Hola! – me dijo alegremente Giovanna - ¿Cómo estás? – preguntó –
- Bien, muy bien ¿Y tú? ¡Hermoso vestido! – exclamé, y era cierto. Llevaba un vestido negro, clásico, pero a ella le quedaba bárbaro –
- Oh, gracias, tu estas preciosa – contestó mi halago con otro, y la charla inició, aunque debía admitir que en lo único en lo que pensaba era en que quería que Daniel Jones se deshiciera de mi vestido, de mis zapatos, de mis pantimedias, de todo, pero con sus dientes, si era posible –

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