Allí arriba en la azotea, el clima nocturno era cálido pero a la vez frío.
-Todo estará bien,
Camila, lo prometo –pronunció Jay con dulzura mientras acariciaba el cabello de
su mujer.
-¡Nada estará bien
Jay, nada! –gritó Camila mientras se separaba bruscamente de su cuerpo –No se
como te atreves a mentirme así. No soy estúpida. ¿Acaso no te duele irte?
-¿Crees que no me
duele irme? –preguntó, y el silencio se adueñó del lugar –Solo quiero que me
abraces. No quiero estar solo, odio estar solo…
Jay era parte de la
Marina, y cuando Camila se casó con él, sabía que tendría que aceptarlo. Lo que
jamás pensó fue que debería verlo partir a la guerra.
Silenciosamente, se
separaron y decidieron entrar a la casa. El pequeño Michael, hijo de Jay y
Camila, estaba durmiendo. Tenía solamente 1 año.
-¿Puedes ayudarme a
hacer mis valijas?
-Si no tengo otra
opción, lo haré –dijo ella de mal modo.
Jay no estaba seguro
de lo que sentía. Creía que le dolía más el enojo de su propia mujer que el
hecho de tener que abandonarla a ella y a su hijo. Él volvería, estaba seguro
de eso. Planeaba luchar con todas sus fuerzas para sobrevivir, pero claramente
Camila estaba asustada. No todos los días tienes que ver como el amor de tu
vida se marcha por la puerta con un gran riesgo de fallecer en batalla.
-No quiero que te
enojes conmigo –dijo Jay abrazándola por detrás mientras ella buscaba algo
entre los cajones. –Prométeme que irás a despedirme mañana y prométeme que
dormiremos juntos esta noche. No quiero irme de aquí si tu estas enojada
conmigo –concluyó, y su respiración hacía cosquillas en el cuello de Camila.
-Entonces quizás
deba enojarme, así no te vas de aquí –dijo ella y se volteó, dándole un
profundo beso en los labios.
-Te amo.
-Yo también.
La noche fue tensa. Se
había desatado una tormenta eléctrica y Jay le había pedido a Camila
simplemente acostarse a escuchar los truenos. Durmieron juntos, abrazados como
dos piezas de rompecabezas que encajaban a la perfección.
A la mañana
siguiente, una vez que Jay terminó de preparar el bolso, partieron los tres
juntos a despedir a su padre.
-Bueno…-comenzó Jay-
Llegó el momento, ¿no?
-Adiós, Jay –dijo ella
amargamente sin presentar ninguna emoción. Y con su hijo en brazos, le dio un
pequeño beso en la comisura de la boca.
-¿Es así como
planeas despedirte de mí? –preguntó él enfadado. No comprendía la indiferencia,
y le hacía daño.
-¿Y como quieres que
te salude, con un beso en la boca como si todo estuviera bien? –Las lágrimas
que Camila había intentando contener, salieron todas juntas en un sonoro
sollozo.
-Te amo a ti y a Michael,
¿es que no lo entiendes? –le grió Jay y la besó en la boca. Camila creía que se
iba a desmallar allí. La intensidad de ese beso la estaba matando. Temía que
eso fuera un Adiós.
Volveré, lo prometo. Fueron las últimas palabras que le
oyó decir a Jay, y eran mentira. A solo
un mes de su partida, un comunicado había llegado a la casa y la había dejado
en estado de shock. Jay estaba desaparecido.
Esa misma noche,
Michael no paraba de llorar. Camila recordaba la facilidad que tenía su marido
para hacerlo dormir. La forma en la que lo tomaba en sus brazos y, tarareándole
una canción, lograba que el niño dejara de lamentarse y se durmiera
tranquilamente.
Extrañaba tantas
cosas de Jay, sus brazos, su sonrisa, sus ojos, sus rulos en los que tantas
veces ella había enterrado sus manos. Sus besos y la manera en la que reía
entre ellos. El sonido de su voz mientras cantaba en la ducha, usualmente The
Fear. Sus caricias.
Y así, pensando en
él, calló en un sueño profundo junto con su pequeño hijo, que no paraba de
preguntar “¿papi?”
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